He querido a muchas mujeres,
distintas todas ellas en alma y olor.
Digamos que con el tacto
he librado tan sólo las batallas corrientes,
-y alguna escaramuza, a qué mentir,
de muy dudoso gusto y gloria escasa-,
pero mi amor más fiel, el verdadero,
el que nunca me aburre, el que termina
amenazando un día mi constancia,
es siempre esa mujer, esa desconocida
de la que habla un amigo en un poema,
y que tantos dejamos, por desidia,
porque vamos con otra o por vergüenza,
pasar siempre de largo,
tan diferente siempre y siempre hermosa.
Y cuando alguna vez nos acercamos,
vencidos los temores, con qué prisa
su nombre cambia, baja y se concreta,
toma su rostro forma exacta, olvidan
muy pronto nuestros ojos su misterio,
pues la mano lo toca, y se deshace.
Es mejor dejarla flotar
y divisarla desde el suelo,
dejar que el deseo la sustente
como una fantasía utópica,
pues no es a ella a quien deseo,
sino a esa fantasía
que desprende y me desarma.
Te quiero así, lejos,
porque lejos es la única forma de quererte.
Vicente Gallego & Fran Romero – Octubre/2008
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