
Puedes construir un castillo de naipes, una y otra vez. Ves como se desmorona repetidamente al colocar pocas cartas. Puedes llegar a colocar tantas que lógico es que algún flanco flaquee y caiga... pero basta reconstruirlo mientras la estructura principal permanece intacta, construida con esperanza, minuciosidad y confianza en que esta vez sera la definitiva. Pero que cruel es el destino cuando el castillo anclado y bien anclado a nuestro parecer, alcanzando casi la cima del cielo, imposible ya de derribar ni por mil tempestades,... sin saber cómo, pierde pie y las cartas centrales, el mismísimo cimiento, ceden... y nuestra obra, desafío a todo sentimiento existente, se desmorona sin aviso, sin rastro de la paciencia y entrega con que se contruyó, más allá de eso, cae en segundos y abandona su magestuosidad hasta que aquella construcción aparentemente perfecta que rozaba las estrellas apenas levanta ahora un dedo por encima de la mesa.
Imposible es comenzar a levantar un nuevo castillo, nuestra moral decae y también nuestras fuerzas y sí, también nuestra esperanza. Imposible es comenzar de nuevo, antes debemos recoger una a una las cartas derribadas del castillo ahora hecho escombros de marfil. Hacerlo traería con seguridad un nuevo desliz en nuestra base, que con absoluta certeza resbalaría sobre cartas derrumbadas del gran castillo anterior, cartas que tendrían su lugar exacto e irremplazable en cualquier castillo de naipes. Hay que recoger una a una hasta dejar limpia la mesa y, sólo entonces podremos volver a construir.
Claro está que cuanto más alto y grandioso ha sido un castillo de naipes, más tiempo ha de emplearse para recoger sus cartas. Sólo espero, que de tanto intentar construir el castillo perfecto, las cartas de mi baraja no acaben desgastadas y domadas siendo ya imposible usarlas poco más que como posavasos.
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