
Durante años pase mi vida sin probar una gota d agua. Veía q todo tipo de gente bebía por todo tipo de lugares. Ycomenzó a secárseme la boca. Quise beber. Un trago fresco y abundante de agua.
Y allí estaba, de lejos la vi, apoyada en la mesa. Una delicada botellita de agua mineral. La cogí entre mis cálidas manos deseando que no fuera de nadie. Y no lo era. Retiré el tapón con la delicadeza que se coge a un recién nacido. Y bebí hasta saciarme.
Cómo me gustó aquella sensación, aquel sabor nuevo. Pero qué caprichosa es la sed. Y qué caprichosa es el agua del grifo. Aquella a la que jamás importó mi sed. Tampoco yo me planteé beber de ella, seamos francos.
Bastó beber un sorbo a morro de la botellita frente al fregadero para que todos los grifos de la casa derramaran con fuerza su líquido elemento.
Acostumbrado a pequeñas botellitas que a penas lograban calmar mi sed, toda esta abundancia de agua repentina me resultó más que atractiva.
Bebía sin cesar de aquel agua con sabor propio que no dejaba de correr para mí. Me sentía atado a aquel agua de grifo. No pasaba un minuto sin que diera un sorbo casi mágico.
Pero qué caprichosa eres agua del grifo, que dabas de beber a otro cuando yo no estaba en la cocina. Y que incluso me cerraste el grifo para que sólo él te tuviera en su boca.
Qué caprichosa eres agua del grifo.
Todo tu sabor lo componían la cal y la suciedad de las tuberías de cobre.
Y pese a todo, aquí estoy, bebiendo de una y mil botellitas delante del fregadero, a ver si así vuelve a abrirse el grifo de forma caprichosa, te derramas de nuevo en mi vaso y aún con ganas de estallarlo, vuelves a mi boca otra vez.
Fran Romero Mayo/2008
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